El mundo está en shock. El 3 de enero se desayunó con la noticia de que, aunque uno esté rodeado de infinitas medidas de seguridad, a lo mejor ya no es posible dormir plácidamente. Que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa.
Es así como Maduro y su mujer aterrizaron en Nueva York la tarde del sábado, acusados por el Gobierno de los Estados Unidos de ser, entre otras cosas, los cabecillas del Cártel de los Soles, aunque esta acusación ya parece retirada.
Es así también como todo el mundo empezó a preguntarse qué es lo que ocurrirá ahora con Taiwán.
Anarquía hegemónica
Bajo estas condiciones, parece lógico pensar que si una de las grandes potencias no es seguidora del derecho, las otras tampoco lo serán. Lo que, básicamente, viene a significar que cada uno puede hacer lo que le plazca, si tiene el poder para ello.
De manera que si China quiere otro estatus para Taiwán, lo normal es que se lo cambie. No hace falta decir que cualquier politólogo recomendaría mantener el poder limitado legalmente, para que no haya abusos del mismo. Sin embargo, es esta perspectiva, precisamente, la que está en quiebra.
La ley de la jungla
Wang Qiang, académico chino especialista en seguridad nacional, comentaba el pasado 6 de enero en el periódico oficialista chino The Global Times que se ha puesto en boga el realismo legal de la jungla, en el que el poder hace el derecho (might makes right), y no a la inversa. Añadía, además, que puede que la doctrina Donroe –como se conoce ahora a la doctrina Monroe, la de “América para los americanos”– circule por un tiempo sin ser cuestionada en el patio trasero de los Estados Unidos, pero que no resistirá el imparable auge de un mundo multipolar. Este quizás sea el quid de la cuestión.
La comunicación se encuentra completamente pervertida. Se alegan valores para disfrazar intereses. De manera que, simplificando, Venezuela es petróleo y Taiwán son chips. En esta línea, se podría decir que la diferencia entre chinos y americanos es la que va de hipócritas a cínicos. Esto es, el diferente manejo que unos y otros hacen de la virtud.
Hipócritas y cínicos
Para los hipócritas, la virtud es algo a imitar. Consideran la virtud tan loable, que, si no la pueden alcanzar, por lo menos han de imitarla. El fin del hipócrita es, como mínimo, parecer virtuoso. Por ejemplo, se condena el rapto de Maduro y el desmantelamiento por la fuerza de su gobierno, pero se hacen todo tipo de equilibrismos para no condenar la invasión de Ucrania.
Y en cuanto a relegar el tema de Taiwán a un asunto de política interna para justificar la no injerencia de terceros países, ello difícilmente justifica que sometan a la isla a unos ejercicios militares con fuego real, como hizo China el 30 de diciembre pasado, poco antes del mal despertar de Maduro del día 3 de enero.
Para los cínicos, la virtud es algo a usar, se pasa por encima de ella o se cambia a voluntad, sin distinguir entre lo que está bien y lo que está mal. Lo que el cínico busca es conseguir su fin. Y para ello se reviste de virtud e invoca lo que haya que invocar.
Es en esta última postura en la que tienen cabida las políticas más radicalmente realistas y acciones como las de Trump en Venezuela.
Los estadounidenses eran definidos antes como los perfectos hipócritas. Pero han dejado de serlo y han pasado a engrosar las filas de los cínicos.
El pronóstico
El orden mundial ha cambiado. Los cambios cuestan. Y, si son bruscos, cuestan más. Esto es una verdad de perogrullo, pero lo cierto es que la brusquedad produce cierta parálisis por incredulidad, la misma que sufre el mundo, que se frota los ojos porque no se cree lo que está pasando.
Las posturas parecen muy enconadas. Y las acciones de unos y otros muy drásticas. No obstante, ambas potencias se miran por el rabillo del ojo y dan pasos sumamente calculados pero muy arriesgados.
Veremos adonde lleva el país del Orinoco a la Administración Trump. Taiwán de momento no es Venezuela, pero todo apunta a que China seguirá con la política que viene manteniendo hasta ahora de intentar absorber a la isla.
Probablemente, se puede aplicar tanto al águila (EE. UU.) como al dragón (China) lo que se ha dicho de la reciente aprobación de la mayor venta de armas a Taiwán por parte de EE. UU. (más de 11 000 millones de dólares en un solo pedido): que América dice una cosa pero luego hace otra (“说一套,做一套”).
Félix Valdivieso, Chairman of IE China Observatory, IE University
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.







