Un rastreador profesional afincado en Egüés regresa del Amazonas tras encontrar anacondas gigantes

Foto: Fernando Gómez, junto a su compañero de viaje y la anaconda gigante
Foto: Fernando Gómez, junto a su compañero de viaje y la anaconda gigante

Fernando Gómez, es rastreador profesional del SERAFO

Un rastreador profesional afincado en Egüés regresa del Amazonas tras encontrar anacondas gigantes

Tan solo llevo unos días en España. Noticias de pandemia, apagones, crisis y cientos de wasaps y correos de empresa pendientes me devuelven brutalmente a la vida cotidiana. El frenético ritmo desde la llegada al aeropuerto de Madrid y el colapso del teléfono me recuerdan cuál es “mi mundo”. Tras 3 intensas semanas de expedición en la Amazonía Peruana, mi mente y mi alma aún siguen en el paraíso esmeralda. Unos días de bofetada de realidad, de nuestra “civilizada” sociedad, y echo de menos los sonidos que te envuelven, las tormentas, pero sobre todo las jornadas de rastreo con los nativos Matsé y su conexión íntima con la selva. 

Fernando Gómez es un rastreador profesional afincado en Egüés, que ya desde crío pasaba buena parte de su tiempo buscando “bichos”, entre los que por supuesto se encontraban víboras y culebras. Sabía bien que en primavera les encantaba salir a tomar los primeros rayos de sol, cerca de matorrales o árboles que les aportasen protección. Pero años más tarde esa ilusión infantil también maduraba, convirtiéndose en algo más ambicioso, rastrear anacondas gigantes. Como rastreador profesional y director del Servicio de Rastreo Forestal (SERAFO) con sede en Navarra, en los últimos 10 años ha viajado a unos 30 países por todo el mundo en los que ha rastreado especies como pumas, osos, linces, lobos, cocodrilos, cascabeles, víboras del Sáhara y hasta furtivos… pero seguía soñando con anacondas. 

Foto: Fernando y su compañero, tras llegar al Amazonas. Foto: cedida

Hace tan solo unas semanas se embarcó en una expedición que le llevó a la Cuenca del Amazonas peruano, biogeográficamente la selva lluviosa tropical.

Navegamos desde Angamos por el río Yavarí en la frontera con Brasil y continuamos por las aguas del Gálvez hasta llegar a los rincones más remotos de la Reserva Nacional Matsé. Nos adentramos en un área poco explorada, corazón del territorio de la anaconda verde.

Esta especie, la Eunectes murinus, una de las cuatro anacondas que habitan en Sudamérica, está considerada la más pesada del mundo y la segunda más larga tras la pitón reticulada. De cuerpo robusto, color verde oliva y adornada de manchas negras ovaladas en el dorso y manchas ocre en los costados como los jaguares resulta inconfundible. Pero a pesar de su tamaño no es fácil de localizar ya que vive en un territorio remoto, enorme y de difícil acceso, de densa selva, donde se mueve por zonas inundadas, pequeñas lagunas en el interior de la selva, en aguajales y escondiéndose en troncos de gran porte. 

En esta expedición además de como rastreador profesional, actuaba como guía rastreador de la Agencia Original Nature. Le acompañaba Enrique Pérez, guarda rural de Corella, que ya participó con él en la publicación “Corella, Tierra Salvaje. Un acercamiento a su fauna a través de los rastros” que fue incorporada al Catálogo de Buenas Prácticas en Desarrollo Local Sostenible de la Comunidad Foral de Navarra 2017-2018. Publicación que, a su vez, dio lugar a que el equipo del Escarabajo Verde de La 2 de TVE, se desplazase a esta localidad navarra a grabar el capítulo “Siguiendo el Rastro”. 

El equipo lo conformaban además un explorador argentino, una alumna de Fernando, Elena Rojas y un equipo de tres Matsé expertos rastreadores más una Matsé para intendencia. 

Parecía no haber pasado el tiempo, salvo por mi edad, la compañía y el escenario, ya que esas mismas técnicas que aplicaba cuando era joven para buscar reptiles, me servían ahora para intentar localizar a uno de los reptiles más espectaculares del mundo en la mayor selva del planeta, la Amazonía. 

  • Pero, ¿se puede localizar un animal así de críptico en un territorio de millones de hectáreas sin el uso de tecnología? 

  • Se puede, sí, pero sólo empleando la gran herramienta que supone el rastreo.

Cuando uno habla de rastreo de fauna, se tiende a pensar en huellas o en otros indicios que la fauna deja en su día a día. La anaconda con su enorme tamaño es capaz de dejar carriles bien marcados en el terreno sobre el que se desplaza, marcando pistas de reptación en orillas de pequeñas lagunas o quebradas, la vegetación aplastada en zonas donde termorregulan o agujeros entre la vegetación herbácea a su paso, e incluso restos de su muda. Pero ese sistema aquí no era el adecuado. Aquí hay que “tirar” del rastreo especulativo, por el que, aun no viendo indicios de presencia en una zona determinada, es posible localizar una especie conociendo sus querencias específicas

Los Matsés, con un conocimiento adquirido a través de años de experiencia con esta especie, me aportaron cuestiones clave, como su gusto por salir con lluvia, de moverse por los bordes de las quebradas o que son animales de costumbres a los que si no se les molesta o modifica el hábitat suelen volver cada año a sus zonas de “baños de sol”.

La clave para localizar anacondas en esta época del año con el inicio de las lluvias era buscar cerca de las zonas inundadas (tahuampas), en pequeñas lagunas de interior (cochas) y en quebradas que se empezaban a llenar de agua y en las que a veces pasan tiempo digiriendo sus presas cuando éstas son animales grandes como venados o pecaríes. También había que buscar grandes troncos huecos cerca de los cuales hubiese espacios con poca vegetación donde los rayos de sol incidan y permitan al animal termorregular, pero a resguardo de otros depredadores, al ser un momento de baja actividad y por tanto de alta vulnerabilidad a los jaguares. Pero, aun así, no era tarea fácil. 

¿Misión imposible?

Siendo nuestro objetivo localizar ejemplares grandes, estábamos hablando de hembras. La zona donde establecimos el campamento tenía buenos antecedentes, al haber avistado años atrás algún ejemplar de grandes dimensiones. Todo el equipo penetramos hacia el interior de la selva, a una zona que comenzaba ya a inundarse al estar en la época de comienzo de las crecidas. Allí nos dividimos en dos pequeños equipos con el fin de cubrir más espacio. Uno de los Matsés, Denís Reina (Pasai), experimentado rastreador y yo decidimos trabajar en binomio en un área concreta. Revisamos cada tronco, cada espacio donde daba el sol en las cercanías del agua. De manera silenciosa, evitando crear vibraciones en el suelo, nos acercábamos a zonas con poca vegetación y troncos tumbados donde veíamos que el sol incidía en un espacio de al menos 2 o 3 metros cuadrados. La vista debía acostumbrarse al escenario de verdes y marrones, la sugestión jugaba malas pasadas y acababa viendo anacondas donde solo había troncos y hojas. Sin embargo, la persistencia dio fruto. El corazón se aceleró con la visión que teníamos delante y que nos demostró que la técnica era realmente efectiva. Ante nosotros, tras haber localizado previamente un primer ejemplar digiriendo lo que seguramente sería un venado, nos topamos con un enorme y precioso ejemplar de unos 6 metros de longitud termorregulando en un “escenario típico” que nos permitió observarla en su hábitat y recoger los datos de campo que nutren nuestra experiencia como rastreadores. El éxito del rastreo especulativo nos permitía así mismo efectuar un rastreo visual verificando desde dónde venía, localizando así el carril por el que llegó ahí, que siguiéndolo nos llevó a una pequeña quebrada en la que había varias señales de actividad como restos de muda, zonas aplastadas de otros baños de sol y diversos carriles que realizaban un recorrido de unos 40 metros.

Sin duda no ha sido un trabajo fácil ni cómodo, ya que a pesar de la aparente “tranquilidad” de los ejemplares localizados, la selva es un medio lleno de peligros: pecaríes, insectos de lo más variado, anfibios venenosos y algunas serpientes venenosas como la víbora Bothrops atrox, que estuvo a punto de darles un disgusto serio en un par de ocasiones, han sido algunos de los peligros reales a los que ambos se han tenido que enfrentar.

Está claro que sobre el papel no es posible transmitir las sensaciones vividas, pero sí dejar patente la utilidad de una herramienta como el rastreo, que, sin necesidad de ninguna inversión en tecnología ni dependencia de cobertura satelital, es capaz de permitir localizar algunas de las más espectaculares joyas que la naturaleza aún posee, y, por tanto, ser una herramienta para su protección y conservación. 

¿Cuál será el próximo sueño-reto por cumplir?

Entre las próximas expediciones que estoy planificando están las de rastrear el tigre de Sumatra, el tigre de Amur en Siberia o incluso especies aún más amenazadas, como los pangolines o el enigmático antílope saola.

Por Paloma Troya

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Un rastreador profesional afincado en Egüés regresa del Amazonas tras encontrar anacondas gigantes