Los tritones represaliados. La historia jamás contada del Club Natación (Capítulo I)

Club de Natación y Molino Caparroso, hacia 1932. Archivo familia Lucia.
Club de Natación y Molino Caparroso, hacia 1932. Archivo familia Lucia.

Por Osasuna Memoria

Los tritones represaliados. La historia jamás contada del Club Natación (Capítulo I)

Atraídos por el agua y la libertad que producía la práctica de la natación, cuadrillas de chavales se repartieron distintas zonas de baño del Arga. Eran pioneros.  Allí,  en la Playa de Caparroso, se fundó el Club Natación, republicano de nacimiento. Aquellos jóvenes formaban parte, en su mayoría, de un movimiento social, cultural y político nuevo, vanguardia de las nuevas tendencias y, en cierta medida, portadores de un nuevo mundo. La represión fascista se cebó sobre ellos.

Pamplona, 1922: Prohibido nadar

El Ayuntamiento de Pamplona convirtió en clandestina la natación, actividad importada en 1915 por unos alemanes provenientes de Camerún. “Acumulé cincuenta multas de cinco pesetas cada una”, contaba Jesús Azpilicueta, “Era inmoral, un pecado bañarse en el río”.  “Nadar en  Pamplona, como jugar a las chapas, casi era cosa de golfos”, escribió el que fuese alcalde Miguel Javier Urmeneta en sus memorias. La natación estaba prohibida porque se suponía que quien se tiraba al agua y no se ahogaba era de casualidad.

Años después, en septiembre de 1930, Diario de Navarra organizó los primeros Campeonatos de Natación de Pamplona, en la Playa de Caparroso. Un evento que traía algo de modernidad y cambio promovido por su redactor, Jokintxo Ilundáin. Todo un éxito. Tres jornadas brillantes de sol,  más de 150 nadadores inscritos y 3.000 espectadores agolpados en las orillas presenciaron un espectáculo hermoso. El Premio Osasuna (prueba de velocidad) se lo llevó Ignacio Taberna, del Indarra, entidad campeona por equipos. Otros destacados osasunistas, como Ramón Bengaray, Francisco Indave, José Huici, Ildefonso Zalabardo, José Javier Villafranca y Alberto Lorenzo Lamas, aparecen en tareas organizativas. 

No hay pueblo bajo el sol…

Apenas un año después, aquel grupo de amigos fundó el Club Natación Pamplona. Se reunían en el Café Iruña. Acordaron con Hilario Etayo, gerente de la empresa propietaria (El Irati), un precio de 50 pesetas por metro cuadrado, y construyeron una caseta de madera. Después, solicitaron un crédito de cinco mil pesetas a la Caja de Ahorros Municipal para construir unos pequeños vestuarios y oficina, acondicionar la zona, un embarcadero y dos trampolines. 

Saldaron deudas con el Consistorio y lograron una subvención a cambio de dar clases de natación a los niños de las escuelas municipales. Los “tritones”, así eran conocidos los nadadores, crearon tendencia y afición. Diversión, relajación, salud y comunidad de amigos, lo mejor para el verano (y los inviernos). 

Enseguida, la mala fama les acompañó. En cierta ocasión  –contaba Patxi Fernández Orrio– fueron acusados de celebrar una reunión comunista. En realidad, se trataba de una apuesta de cien pesetas que hizo Luis Pastor por lanzarse del trampolín una noche de enero a las tres de la mañana. Congregó a chavales de Calderería, Pellejería y de toda la zona. Avisada la policía, pero también confundida, no se atrevió a intervenir y, desde entonces, surgió esa mala reputación. 

La vieja canción republicana continuaba con el estribillo: “Pamplona, tú tienes tu Club de Natación, has llegado a ser hoy una gran población”. Gracias al frontón, los bailes, el trampolín, la piscina olímpica y la discoteca, se convirtió en la ecuación perfecta, en un signo de identidad, pese a su mala fama. Iruña y las piscinas, el “sueño de Petit” al que se refería Urmeneta, lo iniciaron aquellos jóvenes. 

El río seguía siendo la piscina de los pobres. La prensa local se hacía eco en la sección de cartas al director de la reclamación de una piscina municipal. Tafalla se adelantó, la Peña Sport inauguró la suya en 1930. En Pamplona, el Club Larraina construyó su propio vaso en 1933, donde convivían nacionalistas y carlistas, así como algunos destacados republicanos de izquierdas, aunque la entidad tenía un marcado perfil clasista.

Aquella imagen de la Iruña tradicionalista, cerrada en sí misma, sufría pequeñas metamorfosis, como la citada constitución del Club de Natación, republicano de nacimiento (Mariano Ansó era el alcalde), el 27 de agosto de 1931. Veinte días antes, Lagun Artea inauguraba también su zona de baño en el río. La relación entre ambas sociedades era magnífica, se visitaban nadando de una zona a otra y debatían de deportes y otras cuestiones. En su visita a Pamplona en agosto de 1933, Lorca participó en una comida en dicho lugar.

Los que tenían “más perras del Club”, contaba Azpilicueta, se marcharon a Larraina. La Casa del Pueblo (Calle de la Merced) de la UGT era un lugar de referencia, según Ángel Relojero, al igual que las sociedades culturales y peñas sanfermineras, sus charangas, los partidos de Osasuna en San Juan y la práctica de sports modernos. En ese contexto, algunos de estos jóvenes se acercaban a las organizaciones de izquierdas, en una ciudad en la que las derechas, con mucho más peso, se organizaban para darle la vuelta a la situación. Sin respetar la legalidad republicana, prepararon el Golpe de Estado y los sectores izquierdistas, minoritarios en la ciudad, una vez desatada la violencia fascista contra ellos, pagaron así una factura muy cara, silenciada por la censura y el miedo, primero, y el olvido, después.

La víspera del golpe, por la mañana, Ramón Bengaray, el líder del Frente Popular, se encontraba en el Club Larraina, hablando por teléfono, nervioso. Rafael García Serrano, el falangista, observaba la escena. Ya por la tarde, Rafael con su amigo Quinito,  lo vuelve a ver acompañado de dos motoristas de la Diputación cruzando la Plaza San Francisco. «¿Lo mato?» «No, espera», responde este a Quinito. 

Ramón participó en la reunión del Gobierno civil con el resto de líderes del Frente Popular. Al ver las nulas posibilidades que tenían de hacer frente, se escondió en casa de un amigo carlista, Corral. Un mes después abandonó el lugar e intentó huir a Francia, pero en el camino fue detenido. 

Equipo de nadadores/as del Club Natación, Piscina Larraina, agosto 1935. Fondo Zaragüeta, Museo de Navarra.
Equipo de nadadores/as del Club Natación, Piscina Larraina, agosto 1935. Fondo Zaragüeta, Museo de Navarra.

Pamplona, 19 de julio; un sol radiante, prólogo de la tragedia

Ajenos a los acontecimientos, las personas que se bañaban en el Arga se encontraron sobre las diez y media con un grupo de requetés armados, que comenzaron a despachar a las mujeres, argumentando la inmoralidad que suponía “que se bañasen desnudas”, añadiendo que, a partir de entonces, un nuevo orden moral se había levantado contra la perversión de las costumbres. En algunos lugares, fueron expulsadas con métodos más expeditivos que las palabras. 

“Nos marchamos a nadar a los Alemanes. A la hora de comer subíamos por el Labrit con los taparrabos puestos en palicos pa secarlos. Al dar la curva, en la trasera del Gayarre, habían puesto una ametralladora y empezaron a tirar. Vieron un grupo de treinta chavales y empezaron a tirar, alto, porque oíamos silbar las balas muy arriba”, le contaba Ángel Relojero a Jimeno Jurío en 1978. “Nosotros cogimos por donde está el Labrit ahora, y por la plaza del Obispo, saltamos la tapia; que por cierto, un chico se partió un tobillo al saltar. Además, un grupo de falangistas con sus gorros bajaban con los fusiles. Nosotros, a correr como locos. Es cuando me di cuenta que había “estallau” el  Movimiento (…) Nosotros íbamos a la Casa del Pueblo y éramos pioneros”. 

Manuel Quirós, Eduardo Maestro y Juan Pérez Ganuza

Aquel 19 de julio, detenían en San Adrián a Manuel Quirós Cívicos. Vecino de Mártires de Cirauqui (hoy San Antón), tenía 21 años y vivía con sus padres y cuatro hermanos. Practicaba la natación en el río y, con 16 años, se apuntó a saltos en el primer campeonato que se organizó. De profesión hojalatero, afiliado a la UGT, fue detenido  junto a Tomás Ariz, Antonio Asiain, César Burguete y Lorenzo Ramírez, compañeros del Frente Popular Navarro, que se dirigían en el automóvil de Francisco Indave, de Izquierda Republicana y ex presidente de Osasuna, a una reunión con alcaldes de la Ribera para tratar de organizarse ante el golpe. En Tafalla se encontrarían con Carmelo Monzón, hermano de Jesús, y cuñado de Indave, que regresaba a Pamplona tras un viaje a Madrid. Le avisaron del peligro que corría y decidió esconderse en la localidad en casa de compañeros. Todos los jóvenes del vehículo ingresaron en prisión y, más tarde, serían asesinados (salvo Lorenzo). Siete meses después, Manuel fue conducido a  Etxauri y allí le fusilaron.

Un par de días después, el 21, detenían a Eduardo Maestro Cilveti, de 28 años, directivo del Club Natación y que fue vicepresidente entre los años 1933 y 1934. Seguramente porque su físico se asemejaba al famoso boxeador de la época, le apodan “Firpo”. “Un hombre alto, majísimo”, le contaban a Jimeno Jurío. Vecino de la calle Mayor, compartía piso con Tomás Ariz, ambos deportistas y del Partido Comunista. Elegido secretario general del Socorro Rojo Internacional, tomó protagonismo en la campaña Pro Amnistía de los presos de Ezkaba (febrero 1936). Estaba entre los colaboradores de “Navarra. Semanario de orientación popular”, junto a otras 24 firmas, la créme de la créme de la vanguardia política navarra de izquierdas: Monzón, Osácar, Bengaray, Álvarez, Zabalza o Cuadra. 

Estuvo una semana en prisión. Galo Vierge preguntó por él al llegar a la celda que compartía con otros diez compañeros, la 132, a oscuras. Alguien encendió una vela y lo primero que le contaron es que se lo habían llevado esa misma mañana. Lo mataron los de la Escuadra El Águila (Falange) en la carretera de San Cristóbal, poco a poco, siendo blanco de tiros espaciados mientras los verdugos merendaban. 

Su padre, Eduardo Maestro Del Barco, fue sargento de la guardia civil e ideológicamente contrario a su hijo. Al tener conocimiento de  la ejecución de su vástago, protestó ante quienes ejercían la autoridad en ese momento. Al día siguiente, resultó detenido y fusilado en Villava el 9 de agosto, tal y como confesó el párroco de la localidad. Firpo tenía un hermano marinero y radiotelegrafista, que desapareció nada más iniciarse la guerra. La viuda, Micaela Cilveti, nunca se recuperó del terrible drama familiar. “Detenían en el trabajo, en la calle, al salir de misa”, le relataron a Jimeno Jurío. 

Juan Pérez Ganuza, natural de Barásoain y vecino de Pamplona, también fue detenido el día 21. Había sido nadador del Club Ongi Etorri de la Rotxapea y contaba con 25 años cuando decidió apuntarse a todas las pruebas en los primeros Campeonatos de Natación de Pamplona. En 1935 vivía en la Avenida Guipúzcoa 43, con su mujer Lorenza Borrauda Rodríguez de 29 años y tres hijos pequeños, la más joven sin cumplir todavía su primer año. De profesión herrero, cuentan que creó una pequeño industria con otros compañeros. Relacionado con el Partido Comunista, lo encarcelaron hasta su asesinato el 16 de noviembre de 1936 en Pamplona. Amigo y compañero de miembros de familias muy castigadas, como los Bea-Soto (tres hermanos asesinados) y los Eguía Olaetxea (cuatro), de los que era socio de empresa y vecino del periodista socialista Miguel Escobar Pérez, detenido y asesinado en agosto. Su viuda, Lorenza, trabajó en la Editorial Aranzadi.

Club de Natación y Molino Caparroso, hacia 1932. Archivo familia Lucia.
Club de Natación y Molino Caparroso, hacia 1932. Archivo familia Lucia.

José Lázaro y Tomás Dorronsoro

En otras circunstancias, bien en el frente o en la cárcel, fallecieron otros socios, como José Lázaro Marzo tenía 17 años y pertenecía al Indarra, cuando en los Campeonatos de Pamplona de 1930 quedó tercero en la prueba de saltos y sexto en velocidad.  Estudiante, vivía en la calle Calderería 1, junto a sus padres y su hermano Ramón, un año más joven que él, quien también participó en la modalidad de saltos en 1935. José estaba afiliado al Partido Comunista de Euskadi, era su secretario político en Pamplona y, según algunas fuentes, ejercía como maestro nacional. No se sabe cuándo fue detenido e ingresado en prisión, pero sí que su fallecimiento se produce en cautividad, en la cárcel de Pamplona el 10 de febrero de 1937 a los 24 años, por una astenia general.

Tomás Dorronsoro era un niño, un estudiante de 12 años,  que vivía con sus progenitores, Corpus e Irene, y dos hermanos en la Calle Merced 5, la Casa del Pueblo. Su padre era hojalatero y trabajaba de lampistero en el Irati, fue concejal y teniente alcalde con el PSOE. Su hermano, Jesús, era oficinista, trabajó en la Caja de Ahorros y militó en las Juventudes Socialistas Unificadas.  La familia de Tomás fue muy castigada por la represión franquista. Asesinaron a su padre, a su hermano y a su tío Jesús en Monreal, además de a su primo Juan. Socio del Club Natación, Tomás aparece en una fotografía de 1958 y, de aquella época data otra de las anécdotas contadas por Azpilicueta, quien acudió a la Iglesia de San Agustín con el objetivo de concertar una misa por el 25 aniversario del club. El párroco aceptó la propuesta, no sin antes advertirle que la bandera del Natación no sería bendecida, pues formaba parte de su leyenda negra.

Dorronsoro solía recordar el odio y desprecio que les profesaba alguno de los jerarcas de la Iglesia por el hecho de ser familia de represaliados, de “rojos”, lo que le hacía sufrir por partida doble, siendo como era él, creyente. Fue en 2002 uno de los fundadores de la Asociación de Familiares de Fusilados de Navarra y participó en los actos de reconocimiento organizados hasta sus últimos días de vida, falleciendo en 2017.

En sus Memorias Urmeneta señala «Si queréis el azar escogemos. Espoz su presidente [del Club] muerto en el frente de Madrid, a este lado, y a Huici fundador muerto casi a la vez al otro lado». Las dos bajas debieron ocurrir en Sigüenza. No hemos podido determinar de qué Huici se trataba porque “el prometedor nadador” Juan Huici Salaberria, de 20 años, hay una ficha de combatiente del bando sublevado.

 

Los tritones represaliados. La historia jamás contada del Club Natación (Capítulo I)
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