Opinión

Un juego como el del calamar,  ¿un experimento social?

Opinión por Alex Tiraplegui Graduado en Comunicación  Audiovisual  y estudiante de Filología Hispánica en la UNED
Foto: Una imagen de la serie de NETFLIX
Foto: Una imagen de la serie de NETFLIX
Un juego como el del calamar,  ¿un experimento social?

Nuestro “Carabín, carabán, que miro ya”, se ha convertido en “Luz roja y luz verde” para cerca de 132 millones de espectadores que han podido disfrutar de la serie estrenada por Netflix el pasado 17 de septiembre de 2021. Una serie que, entre otras cosas y, evitando realizar grandes spoilers, ha conmocionado a nuestra sociedad tanto o más que varios de los experimentos sociales que se han dado lugar a lo largo de la historia. Hoy hablaremos de ello.

Esta serie de suspense surcoreana comienza con dos capítulos donde se nos presenta a los protagonistas, el funcionamiento de los juegos y nuestra revisión moral frente al totémico dinero. Alejándonos de lo que a la serie concierne y mucho más, si cabe, de los juegos “infantiles” en forma pero no de fondo,  nos centramos en la serie como un experimento social, es para ello conveniente incidir tanto en la fuerza de los role play, como en el poder de la mera obediencia. 

Y es que a lo largo de la historia ha habido varios episodios que nos han enseñado que la conciencia de identidad, la formación de rango y privilegios dentro de estructuras sociales cerradas y el puño de hierro son caldo de cultivo de las más grandes atrocidades humanas. Sin más dilación, os acerco dos experimentos que pueden dar luz a la explicación de muchos de los comportamientos que vemos en personajes de la serie. 

Muchas de las teorías que resuenan sobre la serie residen en la idea de que tanto los jugadores de azul como los de rojo, son eso, meros jugadores, y que es durante las primeras escena donde se define la pertenencia a un lado u otro del juego. Sin embargo, no hay ninguna evidencia, todavía, que lo confirme. Tomando esa consideración, muchos se pueden preguntar cómo es posible que siendo todos participantes en iguales condiciones en su comienzo, unos lleguen a matar a otros. Philip Zimbadro, psicólogo norteamericano, realizó en 1971 un experimento en la cárcel de Stanford en California. Bajo un anuncio en el periódico donde hacía alusión a la necesidad de buscar voluntarios para un estudio psicológico de la vida en la cárcel a cambio de 15 dólares diarios, 24 de 70 personas fueron seleccionadas para dicho experimento. En ensayos posteriores se aludía a que esas 24 personas eran estudiantes universitarios “saludables, inteligentes y de clase media”.  En tan solo 6 días Zimbardo decidió suspender dicho experimento por, y cito textualmente, la “intensificación de las vejaciones a los reclusos”. Una de las conclusiones que mencionó el psicólogo norteamericano es que cualquier persona que tenga cierto poder puede comportarse de forma despiadada. Pero aún hay más. Este experimento se desarrolló para demostrar uno anterior que realizo en 1963 Milgram tras la teoría de la banalidad del mal de Hanna Arendt presentada al oír las confesiones de Eichmann, oficial de las SS, en los juicios de Núremberg. 

Esta serie sirve, así, de experimento no sólo para denostar, con una mirada crítica, el tótem del dinero, sino para socavar en la revisión moral y la fragilidad en la que convive nuestra sociedad. “El Juego del Calamar” es un villano en forma de entretenimiento que puede demostrar lo que ocurre si no estamos “educados” para trabajar bajo un mando. Además, realza lo que la violencia atrae en el ser humano tanto o igual a la confesión de Alipio en el S.IV a.C cuando salió por primera vez del coliseo: “cuando abrí los ojos no pude dejar de mirar la arena”.

Un juego como el del calamar,  ¿un experimento social?
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