Desmontando la eficacia del fenómeno viral ‘delulu’

Foto: Pixabay
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“Delulu es la solulu”, dicen. Que, traducido, significa que engañarse es la solución
Desmontando la eficacia del fenómeno viral ‘delulu’

No sabemos demasiado de la filosofía “delulu”. Solo que “delulu”, su nombre, es una broma a partir del inglés delusional (delirante). Sabemos que como propuesta vital entiende que se puede conseguir cualquier cosa con solo proponérselo uno, que basta con reafirmar una y otra vez la vida que se quiere para que se convierta en realidad.

“Delulu es la solulu”, dicen. Que, traducido, significa que engañarse es la solución. Sabemos también que, con más de 5 000 millones de visualizaciones en TikTok, se ha ganado su condición de fenómeno social, y que ha aparecido en medios de comunicación tan relevantes como The New York Times, The Guardian o Fortune.

Muchos de los que desde fuera han intentado explicarse el fenómeno lo han tomado como una filosofía del autoengaño, un positivismo tóxico o una reformulación de viejas consignas de autoayuda.

Con solo unos pocos vídeos de un minuto en TikTok no es fácil reconstruir nada, y mucho menos una filosofía; tampoco argumentar su desprecio quienes desde el principio han querido arremeter contra sus propagadores. Pero al margen de cualquier juicio de valor, la cuestión es: ¿podemos sacar algo en limpio de todo esto?

No llamemos filosofía a lo que no lo es

La filosofía “delulu” no es una filosofía. Aunque no es culpa suya haberse apropiado del término: viene ya de muy atrás confundir lo que es una forma de vida o una actitud con una filosofía. La filosofía requiere una fundamentación crítica, un armazón teórico, consistente y coherente, que la sostenga. Una cosa es una moral y otra cosa es una ética. Una moral es un conjunto de costumbres o normas de conducta. Una ética, en cambio, como filosofía de la moral, aborda el fundamento de esos valores.

No es cuestión de degradar o promocionar nada tomándolo como filosofía o no, pero entender lo “delulu” como una filosofía (o una ética) implica, de partida, unas expectativas excesivamente altas sobre su propuesta teórica, con las que difícilmente puede cumplir. Y que lleva a su ridiculización, cuando lo ridículo es también acercarse a esto con unas exigencias desproporcionadas (aunque no quede lejos de otras propuestas que se han considerado más respetables: es solo que al haberlo difundido gente joven en las redes sociales genera de partida más suspicacias).

Una llamada de socorro ante un entorno hostil

Más importante que determinar el valor o la consistencia de su propuesta es entender a qué están reaccionando quienes proponen esta actitud vital.

Una posibilidad es entenderlo, detrás de esas formas deliberadamente inmaduras, como una petición soterrada de ayuda ante una realidad social que les resulta tremendamente abrumadora, incluso hostil. Es decir, ver en estos jóvenes que defienden lo “delulu” no a los responsables de unas pautas de vida más o menos disparatadas, sino a las víctimas de un entorno hecho fundamentalmente de dificultades y frustraciones.

Podrían haber optado por actitudes peores, como la ira o la rabia, o la apatía. Pero han elegido una forma de evasión que no deja de ser el reconocimiento tácito de que se les han agotado los demás recursos, de que perciben que no les queda otra que olvidarse de la realidad.

¿Dónde queda Sócrates?

Que “delulu” no sea una filosofía no implica que la filosofía no pueda ayudarnos a entender un poco mejor el fenómeno.

El origen de la tradición occidental de la filosofía es el “conócete a ti mismo” que adopta Sócrates como amarre para su propuesta ética, y que en estos casi 2 500 años no ha perdido vigencia. Lo que proponen los seguidores de “delulu” es, al contrario, algo así como “obvia quien eres”, al renunciar al conocimiento de cualquier limitación.

Desde hace años ha habido una importante revalorización de las filosofías helenísticas, sobre todo del estoicismo, como filosofías idóneas para tiempos de crisis. El concepto central sobre el que pivotan muchas de estas es la ataraxia, es decir, la imperturbabilidad ante una realidad que el individuo no puede controlar y, como consecuencia, ignora. El cristianismo tiene en la resignación también uno de sus pivotes centrales.

La praxis “delulu” (y su carcasa retórica) es otra, muy distinta, pero en el plano moral no queda lejos de esa resignación o impasibilidad. Al menos por esa conciencia común de que es imposible ganarle la partida a esa realidad tan adversa.

Yo y mi circunstancia

En 1914, Ortega y Gasset lo sintetizó como nadie. “Yo soy yo y mi circunstancia”, escribió, con una fórmula audaz que no acababa ahí, sino que culminaba con la consecuencia de esta asociación inevitable: “…y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Esos comienzos de siglo fueron buenos años para un Ortega que se mostraba optimista sobre las posibilidades de entenderse con el entorno para llevar a cabo un proyecto de vida ambicioso, sin dificultades insalvables. No fue capaz de ver los obstáculos más que como sparrings.

Pero otros sí vieron la realidad de esa sentencia desde el otro lado. Por ejemplo, Miguel Delibes, pesimista tenaz, que con Aún es de día planteó una vida, la del maltrecho y voluntarista Sebastián, que constantemente se ve boicoteada por unas circunstancias adversas mucho más fuertes que su capacidad para prosperar, con independencia de sus ganas.

Los videos “delulu” de TikTok son arengas, no tratados filosóficos. Además, sin ningún apoyo en la experiencia, sin resultados que lo avalen, pensar que con solo desear algo es suficiente para conseguirlo no es más que superstición.

Pero sí podemos sacar ya en limpio, a falta de los primeros estudios: que su propuesta de resetear la percepción de lo que es real o imaginado no es un ejercicio de confianza en sí mismos, como se ha dicho. Responde, más bien, a su desconfianza radical hacia unas circunstancias que están poniendo muy poco de su parte.The Conversation

Enrique Ferrari, Vicedecano de investigación de la Facultad Ciencias Sociales y Humanidades, UNIR - Universidad Internacional de La Rioja

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.